EL CONSUMO: UN SALTO AL VACIO

EL CONSUMO: UN SALTO AL VACIO

Mayerling Muñoz Montes

Enfermera especialista Salud Mental Comunitaria, Magister Salud Mental y Clínica Social, Aspirante Magister Salud Mental y Psicoanálisis

INTRODUCCIÓN

En el desarrollo de este texto, se parte de considerar el consumo como una práctica social, que trasciende la racionalidad económica y funcional, que pueda representar la adquisición de objetos o servicios, y que de acuerdo a Jean Baudrillard, implica un proceso de significación y comunicación, que se configura en un código y lenguaje particular, que cumple una función de clasificación y diferenciación social.

Zygmunt Bauman, en su texto “Modernidad Líquida” Jean  Baudrillard, con el documento “La sociedad de consumo: sus mitos y sus estructuras” y Hannah Arent, con “La condición humana”, entre otros intelectuales, han expuesto los grandes cambios a los que la sociedad se ha visto abocada a causa del consumo sin límites; estos autores ofrecen una mirada crítica frente a la confusión en la que ha caído el sujeto contemporáneo a causa de la búsqueda incesante de aquello que falta pero no sabe con certeza qué es.

Sin embargo es importante registrar que no todos tienen esta posición frente al fenómeno del consumismo; para García Canclini, el consumo implica un proceso sociocultural de apropiación de productos, que cumpliendo con ciertos criterios, puede servir para pensar y construir ciudadanía.

Entonces, al asumir el consumo como una práctica fundamentalmente sociocultural, no se pueden ignorar las grandes transformaciones sociales que vive la sociedad contemporánea y su influencia en este fenómeno. Como se dijo anteriormente, Zygmunt Bauman, habla de una “modernidad liquida”, metáfora que representa la fluidez, que a diferencia de lo sólido, no conserva fácilmente su forma, esa movilidad de lo fluido, es lo que se asocia con la levedad y con la manera cómo se está manifestando la sociedad actual, donde las pautas y configuraciones ya no están “determinadas”, entonces, la construcción de caminos y de responsabilidades frente al fracaso y la felicidad, recaen fundamentalmente sobre el individuo.

En esa búsqueda, el individuo puede convertirse en lo que Ernesto Sinatra denomina objeto de consumo, asumiendo actos repetitivos en la adquisición de objetos desechables y fútiles, con el fin de llenar un vacío, que nunca es saciado, incurriéndose de esta manera en el consumismo, aspecto este que se constituye en el eje central y problematizador de este escrito.

De otro lado, una de las  grandes paradojas que se presentan en este asunto es que el sujeto, a través del consumo, busca diferenciarse del otro, está en búsqueda de autenticidad, de ser observado como único, en medio de dicha búsqueda lo que encuentra es un ser humano con las mismas pretensiones y que para ello ha descubierto los mismos elementos alienantes, que lo que hacen es nutrir temporalmente el deseo de tener, no importa qué, la prioridad es poseer.

Conjuntamente, el status social se establece como uno de los asuntos más anhelados por el ser humano, de esta manera será reconocido, ratificado, esto se convierte en otra de las motivaciones para consumir, se evidencia entonces que la posesión del objeto no es suficiente, la mirada aprobadora del otro es la que confirma el propio acaecer.

Asimismo la identificación se instituye como un aspecto crucial en este asunto; la identificación es asumida por Berenstein, como uno de los dos mecanismos que fundan al sujeto, él considera que la identificación es demandada por el niño y por el otro, padre y madre desean que el niño sea como ellos,  por su lado el pequeño, anhela ser como ellos.  El otro mecanismo que constituye al sujeto es la imposición, considerada como aquel dispositivo  “por el cual los sujetos vinculados se instituyen a partir de inscribir su pertenencia a la relación y de aceptar que se es instituido por ella”.[1]

No solo se obtiene identificación a través del mecanismo antes descrito, también entra en juego lo que se posee; toda vez que el sujeto, a través de la tenencia del objeto, se puede percibir como parte de un conglomerado.  Entonces se observa aquí que tanto identificación como imposición son con y desde el otro, lo que  soporta grandes huellas sociales y culturales.

Lo paradójico es que, a pesar del deseo del sujeto de identificarse como parte de un conjunto, la identificación del otro se anula, el otro simplemente, satisface la necesidad de confirmación de la propia imagen, se compra para el otro, para que este ratifique, a través de la tenencia del objeto, el logro del éxito; la desaparición del otro  enfatiza el aislamiento social, en el que el individualismo –pretendiendo la libertad- es la constante.

Por otro lado, cada día se fortalece más el capitalismo y su lógica de consumo, el sujeto no es más que una ficha muy bien movida que cumple con su deber, comprar y vender-se; el sujeto ha tomado el lugar de objeto de consumo.

Es así como el sujeto alienado opta, a través del consumismo, por el plus de goce, aspecto analizado por Lacan, quien hizo un paralelo entre este y la plusvalía, observó este pensador que la plusvalía fortalece el plus de goce, de esta manera, a través del consumismo,  las personas buscan continuamente satisfacer la pulsión, encontrando en definitiva, una ganancia de más en su síntoma.

En correlación a esto, desde el enfoque psicoanalítico se vislumbra, que el consumismo se ha ido nutriendo a partir del discurso capitalista, este se ha filtrado en todas las instancias humanas y ha contribuido a altos niveles de desigualdad, de heterogeneidad, y por tanto, a la transformación del sujeto en objeto de consumo; el capitalismo promete la satisfacción a la que nunca se llegará -colmar la falta-, lo que desemboca, finalmente, en la construcción incesante del deseo.

Se ha visto además, un cambio social importante toda vez que la mujer actual toma el papel de sujeto productivo, sin querer decir que, en épocas pasadas las féminas no lo hayan sido, la diferencia radica en que actualmente, en diferentes áreas geográficas, su labor es reconocida, social y económicamente, la salida de la mujer del hogar ha transformado la estructura familiar.

Ahora en muchas familias el rol masculino es ejercido por la mujer, quien se desempeña como proveedora tanto económica, como de límites y de afecto, esto ha contribuido a cambios que han incidido en la virilidad masculina, se ha visto involucrado el registro simbólico del padre, así las cosas, la caída de la imago paterna a enmarcado al sujeto en nuevas formas de goce, lo que se traduce en nuevos síntomas, entre ellos el consumismo.

El psicoanálisis desde su mirada social – cultural – política, denota, además, que las personas se han constituido en objetos de consumo, sin ir muy lejos, con gran facilidad, se puede acceder a diferentes medios de comunicación y de interacción social, que invitan al “uso” de niños/niñas para la satisfacción sexual, no se encuentran límites al goce, cuestión que constata, una vez más el declive de la imagen paterna;  sin olvidar que la identidad o más bien la falta de ella también ha sido afectada ante la decadencia de la imago paterna.

Se encuentra entonces que los hombres buscan de qué asirse, demandan puntos de referencia, que al no ser hallados, dejan como resultado la emergencia del síntoma, aspecto que desde el psicoanálisis es observado como problema y como cura; desde esta ciencia el consumismo es considerado uno de los muchos síntomas contemporáneos, cuestión que ha sido estudiada, no solo desde el psicoanálisis, también desde diferentes ciencias sociales, dichos estudios han permitido observar el impacto sociocultural, económico, político que genera el síntoma en cuestión.

En relación al punto de vista sociocultural, se evidencia, no solo la exacerbación de la individualidad, que cada vez incide más en la relación sujeto-sujeto, sino también las dificultades de los individuos para re-conocer su propia identidad, ya que en diferentes circunstancias, esta depende de la tenencia o no del objeto que se supone proporcionará goce,

Sumado a esto, en la búsqueda desenfrenada del objeto que colmará la falta, (objeto que se supone se encuentra fuera del individuo), y ante el temor a evidenciar el vacío, el ser humano no se permite volver la mirada hacia sí, los tiempos de ocio generan angustia, además son judicializados, para liberarse de esto, la agenda debe estar a reventar, no solo durante los días laborales, también los espacios de descanso deben coparse; niños y adultos se programan y/o son programados de tal manera que no sea visible la falta, esta escenario, finalmente desemboca en motivos para consumir más.

Además cada vez es más difícil sublimar,  es decir, darle otra dirección a la pulsión; en este sentido, Freud la explica asegurando que “La pulsión sexual pone a disposición del trabajo cultural cantidades de fuerza extraordinariamente grandes, en virtud de la particularidad, singularmente marcada en dicha pulsión, de poder desplazar su fin sin perder en esencia intensidad. Esta capacidad de reemplazar el fin sexual originario por otro fin, que ya no es sexual pero se le haya psíquicamente emparentada, la denominamos capacidad de sublimación”[2].

 

Se puede afirmar entonces, que en la época que corre, algunos o muchos sujetos, carecen de la posibilidad de sublimar, esto se puede atribuir al triunfo del capitalismo y la globalización, modelos que han dejado como producto último, un ser humano que consume y es consumido, una persona en la que el registro simbólico desfallece, un sujeto que debe obtener satisfacción aquí y ahora, un ser hablante que ya no habla, un individuo ávido de individualidad, un personaje que considera que el éxito se obtiene toda vez que, el objeto que acaba de adquirir, es admirado por el otro, un ser que es vigilado y controlado por quien él considera como un gran otro (estado, jefe) así, probablemente, asumir la irresponsabilidad se hace más fácil, un mortal que vende lo que sea para comprar la inmortalidad o por lo menos, para morir con un espléndido cuerpo, una persona que, a pesar de “tenerlo todo”, no se explica por qué sigue experimentando la falta, por tanto debe consumir más, así obtendrá plus de goce.

 

Esta realidad ha sido examinada desde el psicoanálisis, no solo para comprenderla, también para pensar los aportes que esta ciencia puede ofrecer, buscando que el síntoma o, en palabras de Freud, el símbolo mnémico, permita que el sujeto recupere su capacidad de amar, de trabajar, de reconocer la alteridad; en este sentido se considera importante señalar, que el psicoanálisis no busca la eliminación del síntoma, ya que este da estructura al aparato psíquico, es lo que caracteriza al sujeto.

En relación a lo anterior, este manuscrito se compone de tres segmentos, el primero, contextualiza el consumo y el consumismo, en el marco de la sociedad contemporánea. El segundo segmento, pretende realizar una lectura del consumismo, a partir de la perspectiva psicoanalítica, abordando elementos como la identidad, la función del padre, el goce, entre otros. Ya en el tercero, se analiza el consumismo como un síntoma contemporáneo y el psicoanálisis como una ciencia o instrumento que permite el acercamiento a la subjetividad, y que a partir de sus diferentes postulados, como la escucha dirigida, la transferencia-contratransferencia, la asociación libre, puede aportar al descubrimiento y manejo del síntoma, a su afrontamiento, más que a su erradicación y con ello contribuir de manera fundamental a encarar el propio malestar.

SOCIEDAD CONTEMPORÁNEA Y CONSUMISMO

Contextualizar el fenómeno del consumismo en la sociedad contemporánea, implica en primera instancia, asumir una sociedad con profundas transformaciones en sus relaciones sociales, en la manera de asumir la realidad, el placer y el trabajo por parte de cada sujeto; en este sentido, son muchos los autores que han intentado caracterizar esta sociedad, denominándola sociedad post-capitalista, sociedad postmoderna, o en el caso de Zygmunt Bauman “Modernidad Liquida”.

Este autor utiliza la metáfora de lo líquido, para dar cuenta de la disolución, cada vez más evidente, de las relaciones humanas, cuestión que desemboca en el individualismo, esto ha conducido, según Bauman, a la precariedad de la interacción sujeto-sujeto; describiendo lo líquido como aquello maleable, en continuo cambio y transitorio, haciendo la conexión de esta realidad con la lógica del mercado actual, en la que la importancia radica en el ofrecimiento de una “mejor vida” y la tenencia inmediata del objeto.

En esta “Modernidad liquida”, el otro es considerado como un extraño, que puede cuestionar, desestabilizar, por ello conviene mantenerlo alejado, cuestión que ha impactado no solo en lo relacional, sino también en lo laboral, en lo emocional, en lo familiar, estas cuestiones permiten establecer relaciones “líquidas” libres de compromiso, de responsabilidad hacia el otro, con la posibilidad de abandonar el barco ante cualquier molestia. En este contexto, el sujeto vive en el afán de hacerse individuo, único, sin igual,  descubriendo, finalmente,  que su espacio está ocupado por seres idénticos a él.

De acuerdo con Hobbes y Locke, el individualismo es aquel acto en el que el sujeto considera a la sociedad como  un instrumento para adquirir bienes[3], y que según Gilles Lipovetsky,  es un proceso de des-socialización propio del postmodernismo, que se caracteriza por la emergencia de “nuevos procedimientos que contienen nuevos fines, valores y legitimidades sociales: valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y la sinceridad, al psicologismo, la expresión libre, en síntesis un nuevo significado de autonomía”.[4]

Por su lado Jean Baudrillard, considera la individualidad como una importante herramienta para mantener el consumismo. Como se analiza, el individualismo  ha conducido a la des-socialización, en donde las reglas sociales están cada día más difusas, muchas de ellas han desaparecido; en esta búsqueda de transgresión de la norma, cada quien busca su propia originalidad, adquiriendo un valor social; en este sentido, se configura de básica importancia, la excentricidad, los discursos inteligentes, que en numerosas ocasiones, son ininteligibles. Este es un mundo ocupado por personas propietarias del objeto que nunca será el deseado y que se enseña a cada oportunidad, no para establecer lazos sociales, más bien para que el otro comprenda cuanto poder tiene, hasta qué peldaño del éxito ha llegado.

En consecuencia, así como las relaciones entre los sujetos sufren profundas transformaciones, lo mismo sucede con la manera de analizar y apropiarse de la sociedad y la cultura. Para Bauman,  ”se trata de un tipo de sociedad que ya no reconoce la alternativa de otra sociedad, y por lo tanto se considera absuelta del deber de examinar, demostrar, justificar (y más aún probar) la validez de sus presupuestos explícitos o implícitos”[5].

De acuerdo con este pensador, la sociedad moderna evade continuamente  la crítica, sin embargo, las personas están ávidas de cuestionar al otro, al otro política, al otro economía, al otro sujeto; además propone un paralelo entre lo que se vivencia en un espacio de acampada y los sujetos contemporáneos, en dicha comparación, el autor concluye que tanto la hospitalidad como la crítica han llegado a un estado nefasto, en el que “la crítica estilo consumidor ha venido a reemplazar a su predecesora, la crítica estilo productor”[6], esto atribuido a la manera como ahora se concibe el espacio público, y a la forma como esta sociedad funciona y se mantiene en el tiempo desde sí misma; frente a este panorama Bauman propone la emergencia del ágora, es decir, un espacio  en el que los ciudadanos se encuentren y sea posible transmitir ideas y experiencias.

Estamos viviendo entonces, en la lógica de la post-modernidad, en la que el hombre no tiene pasado, ni futuro, cuenta con el presente, el aquí y ahora; etapa en la que el individuo critica la realidad pero no se hace cargo de sí mismo, época caracterizada por un gran interés al crecimiento económico, por  relaciones sociales sujetas a las fuerzas de producción, por el culto al cuerpo y el goce individual, goce que dista de ser hedonista, puesto que Epicuro de Samos (341-270 A.C), padre del hedonismo, sostenía la importancia del placer en el devenir humano, pero un placer mesurado, sugería este pensador satisfacer los deseos necesarios de la forma más económica posible.

Sin embargo, en el momento actual, son los deseos “innaturales e innecesarios” los que dirigen al sujeto contemporáneo, dichos deseos fueron caracterizados por Epicuro como aquellos anhelos que pueden ser desdeñados, ya que su insatisfacción no conduciría al sufrimiento, se pueden pensar como parte de este tipo de deseos: el poder, la acumulación de objetos, la belleza por encima de cualquier otra cosa, el prestigio;[7] se vive entonces, bajo el imperio del capitalismo, sistema económico que, en doscientos años de existencia, se ha filtrado en todos los actos sociales, incluso en la academia,  lo que ha conducido a un cambio de discurso, al discurso capitalista, aquel en el que el sujeto ha tomado el lugar de las cosas que se compran y se venden, ahora el individuo es  “el consumidor ideal”[8]; en donde él mismo es una ganancia, un bien, un trofeo, lo importante es que el objeto sirva para gozar, en esta medida, es cada vez más común observar, a aquel cuyo objeto más valioso es “su mujer” y la exhibe tal como lo hace el vendedor de muebles.

Las transformaciones profundas en la manera como se concibe al sujeto y la sociedad, inciden obviamente en la manera como estos se apropian de los objetos que circulan cotidianamente. Hannah Arendt por su parte, explica cómo las transformaciones en el trabajo y su automatización, han generado que “las dos etapas por las que ha de pasar el siempre repetido ciclo de la vida biológica, las etapas de labor y consumo, pueden modificar su proporción hasta el punto de que casi toda la fuerza de labor humana se gaste en consumo…”[9].

Arendt advierte que a causa de la automatización, se ha alterado el modo como se consume, cada día sale al mercado el producto “inesperado”, aquel que seguramente modificará el devenir humano, la cirugía que no requiere quirófano, la bebida que cuida la figura, la sistematización ha contribuido a que en esta época,  el sujeto cuente con más tiempo que, desafortunadamente, no es usado en actos que enaltecen, la inversión se hace en el consumo.

Ahora bien, con la intención de conceptualizar respecto a la práctica de consumo, se retomarán las posturas de diferentes autores. En el caso de Bauman, considera el consumo como un acto natural, propio de la vida humana, que permite el mantenimiento de la misma y que resulta del intercambio que se suscita entre los sujetos y su entorno.

Jean Baudrillar en su texto “La Sociedad de Consumo”, propone un análisis de este fenómeno, en el que no prima una lógica de la satisfacción, sino una lógica de producción y manipulación de los significantes sociales. Desde esta perspectiva, el autor asume dos aspectos fundamentales:

“1. Como proceso de significación y de comunicación, basado en un código en el cual se inscriben y adquieren sentido las prácticas de consumo. El consumo es, en este caso, un sistema de intercambio y el equivalente de un lenguaje.

  1. Como proceso de clasificación y de diferenciación social, en el cual los objetos/signos se ordenan no sólo como diferencias significativas en un código, sino como valores de la posición dentro de una jerarquía.”[10]

 

Entonces, los objetos no tienen valor en sí mismo, por su uso, sino que adquieren valor en la medida que son signos que distinguen el individuo, identificándolo con un grupo de referencia o diferenciándolo de otro por su estatus. El individuo u hombre de consumo, para Baudrillard, no está ante sus propias necesidades, ni frente al producto de su trabajo, o de su propia imagen, sino ante el consumo de productos, es decir, que lo que caracteriza a esta sociedad, es la ausencia de reflexión y de perspectiva de sí misma.

García Canclini, por su parte, matiza estos planteamientos, al asumir que el consumo sirve para pensar, porque, en la medida que el individuo selecciona y se apropia de bienes, define lo que considera públicamente valioso y la manera de integrarse y distinguirse en la sociedad. Este autor conceptualiza el consumo como: “el conjunto de procesos socioculturales en que se realizan la apropiación y los usos de los productos”.[11]

 

Con esta definición, se intenta trascender la perspectiva del consumo como gastos irracionales y compulsivos. Exponiendo que hay diferentes racionalidades en la comprensión del fenómeno, una primera racionalidad económica, en la que el consumo completa el proceso iniciado al generar productos, expandiéndose el capital y la reproducción de la fuerza de trabajo. Una racionalidad sociopolítica interactiva, que comprende la compleja interacción entre productores y consumidores, donde los primeros, no sólo deben seducir a los segundos, sino también justificarse racionalmente. La tercera que tiene que ver con aspectos simbólicos y estéticos de la racionalidad consumidora, en la que se estudia el consumo como lugar de diferenciación y distinción, aspecto este referenciado también por Baudrillard, No obstante, para García Canclini, el consumo no sólo sirve para dividir, sino que también hay una racionalidad integrativa y comunicativa de la sociedad, en la medida que el sujeto, se diferencia de unos, pero se identifica con otros.

 

Otro ejercicio reflexivo que plantea este autor, es pensarse el consumo en conexión con la construcción de ciudadanía, intentando comprender como esa apropiación de bienes y signos, se puede generar a través de formas más activas de participación, de las que generalmente se señalan bajo el rotulo de consumo.

 

Entonces, para que el consumo sirva para pensar y construir ciudadanía, se deben reunir al menos estos requisitos:

 

“a)  una oferta vasta y diversificada de bienes y mensajes representativos de la variedad internacional de los mercados, de acceso fácil y equitativo para las mayorías;

 

  1. b) información multidireccional y confiable acerca de la calidad de los productos, con control efectivamente ejercido por parte de los consumidores y capacidad de refutar las pretensiones y seducciones de la propaganda;

 

  1. c) participación democrática de los principales sectores de la sociedad civil en las decisiones del orden material, simbólico, jurídico y político donde se organizan los consumos…”[12]

 

En definitiva, se puede asumir el consumo como aquel acto o proceso social, que trasciende la racionalidad económica o de satisfacción de necesidades básicas, para ubicarse en un contexto sociocultural, de significados y códigos, en el que los sujetos se apropian de productos, que los identifican o diferencian de otros sujetos sociales, a la vez que comunican todo un estilo simbólico y estético de presentarse ante la sociedad.

 

Ahora bien, a partir de este escrito, interesa analizar como la práctica de consumo se ha transformado en consumismo, que básicamente se entiende como un acto artificial en el que el hombre no solo es consumidor sino que también se constituye como objeto de consumo, bajo esta realidad se puede asegurar, como lo hace Ernesto Sinatra: “El verdadero síntoma social: Los individuos son el objeto de consumo”[13].

Hannah Arendt, en  el texto “La Condición Humana”, expone  el consumismo como un efecto de la transformación histórica del trabajo en labor,  afirmando que los individuos consumen porque han aprendido a asociar consumo con felicidad; entonces, esa búsqueda de la felicidad se convierte en el complemento cultural necesario para la implantación del consumo.

Por su parte, Baudrillard considera que el consumismo, se constituye en una estrategia utilizada por quienes ostentan el poder para hacer control social, además lo concibe como un acto que se ha introducido en todas las actividades de la vida del ser humano, analizando el caso de  los centros  comerciales, como aquellos lugares que organizan la cotidianidad de los sujetos, y que permiten su homogenización.

A estos lugares, Bauman los denomina “templos del consumo”[14] los que permiten que el sujeto sienta seguridad y libertad de comprar; estos lugares son categorizados por Zygmunt Bauman como públicos no civiles, considerándolos  no-lugares, espacios en los que fluye continuamente la gente, sin expresiones simbólicas de identidad, de relaciones de historia, son espacios sin sentido, cuyo objeto es la transacción, en relación a estos espacios, Canclini ve con admiración cómo día a día, los sujetos  los ocupan, dejando casi vacíos los centros históricos, culturales, los parques, retoma este autor las palabras de Beatriz Sarlo quien considera que cada centro comercial ha sido forjado como “un espacio sin cualidades: un vuelo interplanetario a “Cacharel, Sthefanel, Fiorucci, Kenso, Guess y McDonals”, así las cosas los centros comerciales son construcciones sin historia, que pasan completamente de la realidad social, cultural, económica o política en la que los individuos deberían estar inmersos, lo que permitiría una observación más crítica de la sociedad.

En el espacio de los centros comerciales, se puede representar lo que para Baudrillard apunta a la disparidad social, porque se puede pensar que el hecho de tener acceso a todas las marcas y productos, podría significar igualdad frente a la posesión de un objeto, pero esa igualdad es sólo formal y abstracta, porque sucede todo lo contrario, dado que no todas las personas tienen la misma capacidad económica para adquirir los productos.

Ya se había mencionado, a partir de este autor, que se consume para obtener un estatus social, a través de un objeto que no es visto desde su utilidad, sino como valor signo, entonces, a partir de la lógica del objeto-signo, es común ver, cómo el consumo ostentoso se traduce en rango social, se adquiere estatus toda vez que se exhibe aquello que, el sujeto supone, nadie lo puede tener, de esta forma se  vislumbra el consumo como una estructura social que segrega y estratifica, esto corrobora una vez más, que se consume por el otro, por su reconocimiento, por la mirada y la tan necesitada ratificación del otro, se encuentra entonces una competencia simbólica de clases, que conduce a crear distancias y a excluir a la mayoría.

Quien no consume, regularmente porque no puede, es decir la población vulnerable, es excluida, marginada del sistema; la descarga continua de ofertas lleva a los pobres a sentir cómo su mundo es más pobre, más miserable, lo que hace que el pobre anhele, aunque sea por poco tiempo, tener la “libertad” de escoger lo que desea.

Es así como el ejercicio de la libertad, se asume a partir de la tenencia, de la propiedad de las cosas; “mi cuerpo es mío”, “mi casa es mía”; lo que ha llevado, al acto de compra-venta como parte de la cotidianidad de los sujetos, todo tiene un precio, todo se puede comprar; el sujeto sigue a la merced de la compra-venta de felicidad que prometen las diferentes estrategias de mercadeo, en el que es posible comprar o vender cualquier cosa, creencias religiosas, relaciones sociales, cuerpo perfecto, nariz respingada.

El sujeto vive entonces suponiendo que posee libertad absoluta, cuando lo que realmente sucede es que está preso en una sociedad consumista-capitalista, explotado siempre por la clase dominante; ahora está a la merced de la compra de cosas que le aseguran el saber, él mismo se convierte en artículo de consumo toda vez que lo importante es el tener; se defiende lo propio utilizando todas las estrategias necesarias para mostrar al otro que cada objeto (persona o cosa) tiene dueño.

Otros elementos claves en esta dinámica consumista son la novedad y la fugacidad frente a la producción de objetos y productos. La variación continua de la moda, permite disminuir día a día, el tiempo de tenencia de las cosas, la innovación sistemática es la reproducción de la diferencia social; esto se constituye en un instrumento clave de la publicidad, que busca siempre asombrar al comprador, sorprenderlo con lo inesperado, así, los principios del mercantilismo son la originalidad, el cambio permanente y lo fugaz.

Lo nuevo ocupa un lugar importante en el deseo, se vive la fiebre de las novedades, es necesario estar actualizado, conocer los últimos “gadgests”,  hay que estar al tanto del funcionamiento de cada objeto; no se exime de esta lógica la estética corporal, la búsqueda de juventud, se ha convertido en el ideal a alcanzar, todo debe parecer nuevo, la satisfacción se encuentra, momentáneamente, en la juventud, la lozanía, una vez que esta satisfacción termina, que será pronto, se reinicia la búsqueda de lo inédito.

El ofrecimiento día a día de nueva tecnología y el deseo por adquirirla, conducen a los sujetos a obtener una satisfacción similar, lo que lleva a pensar que los deseos se han estandarizado, es decir, el mercantilismo ha aportado a la homogenización generalizada; entonces, surge una paradoja, a pesar de que el anhelo de los seres humanos es llegar a la autenticidad, a saberse diferentes a su vecino, terminan presentándose de la misma manera. Se podría decir, que la ciencia ha contribuido a esto, toda vez que para ella los objetos de estudio deben ser eso, objetos no hablantes,  la ciencia da respuestas universales y estadísticas que maravillan pero que no dan cuenta de los saberes particulares, por su lado, el mercantilismo se ha trazado como objetivo crear necesidades, y para poder satisfacerlas no queda más que trabajar, trabajar y trabajar, lo que permitirá consumir, consumir y consumir.

LECTURA DEL CONSUMISMO DESDE EL PSICOANALISIS

En el texto, “La Sociedad de Consumo”, el autor comenta que han sido muchos los psicoanalistas que han intentado hacer una lectura metódica al fenómeno del consumismo, cuestionándose acerca del contenido de estos mensajes y la forma como se adhieren al inconsciente, para él los analistas se preguntan “qué tanto hay de oralidad devoradora, de analidad  o de fálico?”[15]; frente a esto Baudrillard asegura que no es el inconsciente el que hace elaboraciones desde la libido para llevar finalmente al consumismo. No. Él considera que este pensamiento le da a la publicidad un carácter honorífico,  por el contrario, sustenta cómo diferentes elementos eróticos han sido culturizados, por tanto considera que la libido no está involucrada en este asunto; asegura también que la publicidad “está hecha de signos, no de sentido”[16]; dice que estos signos no suscitan asociación inconsciente, ya que la publicidad tiene otra función: censurar  la simbolización, negar lo real.

Por otro lado, se hace necesario, para aproximarse a la comprensión del consumismo desde el punto de vista del psicoanálisis, partir de la identidad, entendiendo esta como la orientación, el punto de referencia que cada sujeto tiene de sí. En este sentido, se intenta referir, en las próximas líneas,  la forma como Freud y Lacan describen  la identificación, ya que esta nutre el YO, partiendo del hecho de que el YO se construye por la presencia del otro, es decir, es necesario instaurar lazos sociales que pueden conducir finalmente a sentirse identificado con un grupo determinado, por la tenencia de objetos.

 

Es así como Freud sostiene  que la identificación es producto de la pertenencia a un colectivo, lo que hace que lo individual y lo colectivo se crucen, considera además que la identificación está íntimamente ligada con el lenguaje.  Asegura Freud que el ser humano está constituido de varias identidades: “Cada individuo forma parte de varias masas; se halla ligado, por identificación, en muy diversos sentidos, y ha construido su ideal del yo conforme a los más diferentes modelos. Participa así de muchas almas colectivas: la de su raza, su clase social, su comunidad confesional, su estado, y puede, además, elevarse hasta cierto grado de originalidad e independencia.”[17]

 

El padre del psicoanálisis considera, que la identificación es el resultado de la relación con los otros, es decir, es el resultado de la alienación. La estructura que permitió la llegada de la identificación, tiene efectos que permanecen en el tiempo, de igual forma, se entiende la identificación, como un proceso en el que el sujeto se sitúa en un acto concreto, y es  capaz de hablar en propiedad de sí, intentando dar contenido al yo.

 

Para este psicoanalista existe una relación estrecha entre la identificación y el vínculo afectivo, el vínculo afectivo permite la agregación de las personas, la formación de grupos, en ese sentido, Freud clasifica cuatro tipos de identificación:

 

  1. La que proviene de un vínculo amoroso

 

  1. La identificación como forma primitiva de enlace afectivo

 

  1. Como forma regresiva, sustituyendo un vínculo afectivo

 

  1. Entre individuos que no comportan ningún enlace afectivo significativo.

 

Reconoce además que el fenómeno de la pertenencia a un grupo contiene una carga afectiva, que es el resultado de una identificación, donde el elemento aglutinador es idealizado y el sujeto adopta una actitud de sometimiento.

 

Por su lado, Lacan explica la adquisición de la identificación desde el lenguaje, lo que permite la creación del registro simbólico, posibilitando, en primera instancia al niño,  localizarse desde su YO.  Para lacan dos de los tres registros descritos por él (Real, Simbólico, Imaginario), están involucrados en el proceso de la identificación; en relación al registro imaginario, Lacan refiere que la imagen del cuerpo tiene un papel importante en la configuración de la percepción del mismo como un elemento no fragmentado, reconociéndose como sujeto; cuestión que se establece, según Lacan, durante el “estadio del espejo”, en el que el pequeño  des-cubre su imagen; en dicho estadio también se involucra el registro simbólico, al momento en que el niño vuelve su mirada, después de verse reflejado, al adulto que se encuentra a  su lado, quien identifica y sostiene su imagen de niño.

 

Durante el “estadio del espejo”, incluyéndolo en el registro imaginario, destaca Lacan que, “la incorporación de lo simbólico permite que el sujeto cuente con referencias en las que puede apoyarse para reconocer su YO”[18].   Lacan subraya la diferencia entre identidad e identificación, la identidad tiene carácter imaginario, por tanto, en psicoanálisis se asegura que en el sujeto del inconsciente no hay identidad; por su lado, la identificación es el efecto de la demanda del otro.

 

Para Freud y para Lacan, la identificación parte del deseo del otro, de su mirada, es decir, es el resultado de los lazos sociales; la diferencia se encuentra en el hecho de que Freud sostiene que el  primer soporte para adquirir identificación, es el otro, conceptualizando la identificación como el resultado de la pertenencia a un grupo, otra característica en este pensador es que no separa lo colectivo de lo individual.  Para Lacan en cambio, la identificación se logra a través del lenguaje en tanto registro simbólico.

 

Se considera entonces que los primeros aportes en el asunto de la identificación, son ofrecidos por los padres, por su lado, el psicoanálisis  considera  que la identificación se gesta a partir del deseo del otro, del reconocimiento del otro; es así como se observa, en tanto identificación social, la existencia de discursos que permiten alienar a los sujetos, sumado a esto, toda vez que las personas no tengan clara su identidad saldrán en búsqueda de ella.

 

El padre aparece como un elemento fundamental en la identificación ya que este se constituye en el primer objeto con el que las personas se identifican, es de anotar que en el psicoanálisis el registro “padre” hace referencia al padre simbólico que es aquel que impone la ley; ante su ausencia el ser humano se siente indefenso, ya que es el padre quien protege, muchos continúan buscando esta protección y la encuentran en la religión; es decir esta ocupa el lugar de quien fuera el padre; de hecho en muchas religiones quien ocupa el lugar omnipotente es llamado “padre”.

 

Sin embargo no solo se le puede dar el atributo de la identificación al padre, existe otra función importante, la separación falo -.cuerpo,  que se obtiene toda vez que este es reconocido como tal por la madre,  la función del padre consiste en que el pequeño anude el goce con la ley, lo que requiere, en palabras de Lacan, la separación goce – cuerpo, este proceso es el que llevará a la virilidad, lo que le permite al pequeño erogenizar el pene, solo a partir de ahí se instaura la función sexual; es decir, según este psicoanalista, el padre tiene una importante función y es la de romper la satisfacción del niño como falo de la madre y de la madre su deseo de retornarlo a su vientre.

Este proceso se ha visto truncado toda vez que cada día la estructura familiar cambia, entre otros factores, ha contribuido a esto la inclusión de las mujeres en el ámbito laboral[19], es fácil encontrar mujeres cabeza de hogar o madres solteras, lo que ha sido favorecido por los grandes cambios tecnológicos y sociales, incluso en labores que antaño solo se concebían para el hombre; de otro lado, es de anotar que a estas alturas las féminas ya no están en la búsqueda de un marido o de ser madres, su búsqueda se centra, según Lacan, en encontrar un hombre que las ame distinguiéndolas como únicas.

Así las cosas, el género masculino ha entrado en decadencia, al punto de que, actualmente quien toma las decisiones en una relación vincular, regularmente es la mujer, habitualmente porque no hay interlocutor o porque este no posee las habilidades necesarias para involucrase en este tipo de ejercicios parentales; factor que, según algunos psicoanalistas, ha conducido a la inexistencia del padre simbólico, lo que finalmente se traduce en la dificultad del sujeto de establecer la relación niño – hombre; una prueba de esto, del declive de la imago paterna y por tanto del apropiado establecimiento de la relación niño – padre, se observa en las ofertas mercantilistas perversas, tales como la plastinación[20], o en el uso de la publicidad como dispositivo de domesticación, cuestiones que no logran satisfacer el goce, entendido este último como la satisfacción de la pulsión.

Se considera necesario, para ampliar la lectura que hace el psicoanálisis al consumo, referir el paralelo que hizo Lacan entre plusvalía y plus de goce, se considera que para desarrollar este asunto es importante determinar el significado de cada una de estas palabras.

El término plusvalía fue usado por Marx para designar el  “incremento o excedente que queda después de cubrir el valor primitivo. Por tanto, el valor primeramente desembolsado no sólo se conserva en la circulación, sino que su magnitud de valor experimenta, dentro de ella, un cambio, se incrementa con una plusvalía, se valoriza. Y este proceso es el que lo convierte en capital”[21], es decir, la plusvalía es considerada como un valor agregado, producto del valor diferente entre el valor de uso y el valor de cambio de la mercancía, este último emerge del valor que adiciona la fuerza de trabajo agregada en el producto.

El plus de goce, designa un más de satisfacción, generado en el sujeto, a causa de la obtención del objeto, sensación que dura poco, ya que,  inmediatamente se tiene, el individuo comprende que este no colmará la falta, lo que lo conduce, de nuevo, a la búsqueda de otro objeto que le ofrezca goce.

La lógica mercantilista, en la que todo se vende, todo se compra,  ha contribuido a la transformación del discurso amo, en discurso capitalista, en el que los sujetos son convertidos en objetos habidos de tener lo nuevo, lo de última generación, lo que le promete la completud, obteniendo, como ya se dijo, un goce de corta duración al que Lacan ha dado a bien llamar plus de goce.

Considera, este psicoanalista, que el plus de goce se constituye en una  manera  de renuncia al goce, cuestión que derriba las barricadas que limitan el placer, es así como esto se traduce en diferentes anuncios del mercado que no tienen problema al momento de promocionar un producto, cuestión que se lee claramente en el escrito realizado por Feinmann “En el aviso se ven nueve jóvenes fondeados en un río. Tienen las manos sujetas a la espalda y los pies encadenados a bloques de cemento. Uno de ellos –el que está en primer plano– aún está vivo, ya que salen de su boca agónicas burbujas que buscan la superficie. La leyenda del aviso está en inglés –sólo es una modalidad de los tiempos que corren– y dice: No son tus primeros jeans, pero podrían ser los últimos. Al menos, dejarás un hermoso cadáver[22].

En este sentido, en su afán de recuperar el goce, el sujeto no hace más que cambiar continuamente de objeto, creyendo que al adquirido, este dará la satisfacción anhelada, para finalmente, enterarse que este no es el objeto de goce, quizá otro lo será.

Así las cosas, para el sujeto lo importante es acceder a objetos que, al obtenerlos, produzcan una satisfacción que durará unas cuantas horas, el ser se ha convertido en valor, se debe obtener lo que sea a costa de lo que sea; lo que lleva a encontrar un  sujeto desorientado, en la búsqueda de una satisfacción que le permita calmar la angustia generada por la falta, aquella que  quedó después de descubrir a la madre castrada.

El sujeto encuentra en cada objeto –inerte o viviente- la promesa de satisfacción absoluta, el sueño que por fin se hace realidad, cree fervientemente en aquella mujer hermosa que le aseguró que si tomaba la bebida gaseosa del momento, adquiriría “la chispa de la vida”, o en aquel hombre musculoso que le invito al “cambio extremo”[23] que ha esperado pacientemente; se hace culto al narcisismo, al desciframiento del YO, es decir, el sujeto se relaciona él mismo con su cuerpo, lo que permite descubrir un ser cínico, una persona que sólo cree en el goce que él puede proporcionarse, donde el otro no es importante.

Se ve entonces que los individuos siguen pretendiendo llenar la falta a través del consumismo, finalmente se entera que el objeto adquirido no satisface su deseo, el mercado, sin embargo sigue prometiendo la satisfacción; la no satisfacción y la promesa de poder conseguirla conducen al individuo a consumir más, el hombre se enfrenta entonces a una profunda soledad en la que los verdaderos paternair´s son en realidad los productos, las cosas que se compran y se venden; se constituye entonces el hombre como un ser obediente, alienado, que no necesita pensar en torno al saber ya que este  hace parte de la lógica de la compra y la venta.

Para la satisfacción de este sujeto obediente y alienado, se cuenta con espacios de desencuentro, lugares colmados de personas, seres que no reconocen la otredad; sin embargo se sienten identificados con el otro, suponiendo que este está en la misma búsqueda, en la búsqueda de un objeto que colme la falta. 

Esta es una realidad en donde el otro no cabe, por lo tanto la palabra no cabe, se ve el derrumbe de lo prohibido, de lo privado, en el espacio público cada vez hay menos temas públicos, las personas se centran, día a día en los realitys, que se han constituido en  aquellos espacios virtuales en los que es posible que las vivencias de los personajes coincidan con las del espectador, y en donde es factible que las preguntas sin formular sean resueltas, cuestión que puede ayudar a que el sujeto logre darle un nombre a su problema, por otro lado, estos programas facilitan la incursión a asuntos privados, que al ser exhibidos cambian las formas de calificar diferentes actos humanos, lo decente puede volverse vergonzoso, lo indecible por fin se saca a la luz; bajo la posibilidad de los realitys los problemas sociales no son significativos, se asiste entonces, al derrumbe de los límites y con ellos la caída inminente de la función del padre, cuestión que es favorecida por el capitalismo.

En resumidas cuentas el ser humano  adquiere los objetos para el otro, si el otro no ve dicho  objeto, este pierde su valor; se compra en la medida en que el grupo social, al que pertenece el sujeto, considere el objeto como significativo, lo que permite que el consumidor tenga una inmediata sensación de placer, de realización y de reconocimiento, aun sin ser evidente el desgaste del objeto adquirido, la persona empieza nuevamente a sentir el vacío, la única alternativa es buscar y encontrar una próxima compra que prometa que la satisfacción será más duradera, más representativa de aquello que falta.

En este acto de compra/venta, en el que el hombre ve felicidad así sea momentánea, la felicidad se convierte en el complemento cultural necesario para ratificar el consumo, lo que lleva a repetir una y otra vez ese acto inconsciente, desde el principio de placer, de búsqueda del objeto perdido, aquel objeto que no existe; el sujeto retorna siempre al mismo lugar, al lugar que lo lleva al sufrimiento, al encuentro con el síntoma, a la aparición del deseo.

Es así como, en la búsqueda de puntos de referencia el síntoma emerge, es de anotar que desde el psicoanálisis, este es tomado como eje del trastorno experimentado por el sujeto, es tanto la enfermedad como la cura, el psicoanálisis propone una mirada crítica y analítica hacia el síntoma sabiendo que este está relacionado con lo que causa la enfermedad, la persona en esta situación, exhibe comportamientos compartidos incuestionables, que hacen parte de la vida y que le dan sentido a la misma, son comportamientos organizados por el otro que inciden en el devenir del sujeto y que dan cierto orden a su universo.

Es importante tener claro que la satisfacción de la compra no se genera a causa del objeto adquirido, es la adquisición misma la que ofrece goce, goce puntual que pone un manto, impidiendo que cada sujeto se apropie de su propio dolor, ahora se vive el instante, no se planea el futuro, la capacidad de asombro se ha deteriorado, todo se puede obtener; cada quien rastrea y des-cubre la respuesta a su pregunta, respuesta fugaz que compromete el deseo, que no permite detenerse y mirar hacia sí, es un desencuentro consigo mismo, no es posible pensarse, cuestionarse, el sujeto está frente al vacío y la manera de afrontarlo es colmándolo de cosas, cosas que prometen la erradicación de ese espacio imposible de saturar; se traduce esto en metonimia de la satisfacción.

La metonimia es uno de los dos procesos, descritos por Jacobson, necesarios para darle sentido al lenguaje, Lacan tomó este término para comprender los mecanismos de la elaboración onírica.

Asegura Lacan que, la metáfora y la metonimia son dos procesos fundamentales de simbolización, la metonimia funciona como mantenimiento de la satisfacción, la satisfacción plena nunca se logra, todo es goce fugaz, esto se aprecia mejor en el plano del deseo sexual. “Éste se sostiene en la promesa de un goce que se alcanzará, pero en cuanto esto ocurre en el acto sexual, resulta que no era eso lo que se quería, sino que hará falta esperar a la próxima vez, o quizás a otro partener que tal vez “guste más”. Lo mismo ocurre con los objetos de consumo, que tienden a hacer existir imaginariamente una serie indefinida, en la que el objeto todavía no alcanzado es el que parece esconder el goce más intenso, goce que, por supuesto, siempre estará por llegar. Hay en ello algo profundamente engañoso”.[24]

Así las cosas, el sujeto cree que al adquirir el objeto alcanzará el goce, pero una vez alcanzado se entera que esto no era lo que quería, otras personas pueden exhibir actos paradójicos, es decir, sacrifican  goce a cambio de goce, en otros casos surge el fetichismo, observado como parte de la perversión, que es descrito por Freud como la desviación de la mirada, al momento de descubrir la castración de la madre, y que no es más que la sustitución de la falta a través de un objeto; Freud considera el fetichismo como un rechazo a la castración, asegura que es construido para soportar la angustia de la castración; este asunto no siempre sucede a través de la mirada, puede suceder también a través de cualquier tipo de percepción.

En relación a la castración es necesario referir, que Lacan considera el complejo de Edipo como aquel proceso que permite que el niño se desligue de su madre, es decir asuma la castración e interiorice la “ley simbólica del padre”, dicho proceso se fundamenta alrededor del encuentro del objeto fálico, se observa entonces que cuando Lacan se refiere al falo no se centra en la  castración como la pérdida del pene, sino como la relación con el padre, que es quien está en medio de la relación madre-niño.

Se puede decir entonces que el sujeto neurótico que consume, comporta, no solo actos paradójicos, también metonimia de la satisfacción ya que quien consume continuamente supone que al tener el objeto deseado obtendrá goce, lo que es ratificado por los medios de comunicación y las exigencias del medio social, que continuamente aseguran el goce toda vez que se tiene el objeto, esto para que finamente, el sujeto  se aclare que este objeto no es lo que desea, iniciando nuevamente  la búsqueda, retomando nuevamente el deseo original.

Dicho deseo original ha sido ampliamente observado por diferentes pensadores, Lacan sostiene que éste es el resultado de la separación entre necesidad y demanda, es claro que el deseo surge del desencuentro entre la expectativa que genera la demanda y la satisfacción obtenida.

Se concluye entonces que no hay deseo sin consumo y viceversa, al consumir no se está regulando el deseo, más bien se le está dando vía libre a las fantasías, el deseo, como todo objeto, ha sido sustituido por el anhelo, lo que ha llevado al desplazamiento del principio del placer y desechado los límites impuestos por el principio de realidad.  En esta sociedad capitalista el deseo se debe satisfacer aquí y ahora, no hay postergación de la satisfacción, cuestión a la que contribuyen las tecnologías de la informática y la comunicación.

Es de anotar que el término “principio de placer”, fue descrito ampliamente por Sigmund Freud, en su libro “Más allá del principio de placer”, asegura este pensador que el devenir de los procesos psíquicos está ajustado por tal principio “En la teoría psicoanalítica suponemos que el curso de los procesos anímicos es regulado automáticamente por el principio del placer; esto es, creemos que dicho curso tiene su origen en una tensión displaciente y emprende luego una dirección tal, que su último resultado coincide con una minoración de dicha tensión y, por tanto, con un ahorro de displacer a una producción de placer”[25]

Como se planteó anteriormente, Lacan asegura que se ha generado un cambio discursivo, es decir se ha pasado del discurso del amo, al discurso capitalista lo que implica una “profunda reorganización de los valores y modos de funcionamiento en la sociedad, lo cual genera un cambio también en todo aquello que servirá de referente al sujeto individual.”[26]   El sujeto ha perdido el norte, ahora no cuenta con puntos de referencia, las ideas y los ideales han desaparecido, los lazos sociales se fragmentan, la identidad es confusa.

Es de anotar, en relación al vínculo social que, desde el psicoanálisis, se piensa que el goce masturbatorio puede operar como un obstáculo para el establecimiento de la identificación, “la masturbación suele ser un intento privilegiado de rehusar la apuesta de la contienda sexual, además de ser un modo de extraer un goce autoerótico con el cual prescindir del partenaire (aunque no en todos los casos)”[27]; así la cuestión,  el autoerotismo raya en la categoría del cínico, ya que la masturbación  podrá adoptarse como la alternativa al placer obtenido con el Otro, de esta forma, el otro será borrado.

Esta realidad ha llevado, no solo a enfatizar la individualidad, sino también a la perturbación de la capacidad simbólica de la sociedad, no importa la insatisfacción, es más esta se constituye en el motor del consumismo; frente a su desorientación  y su deseo no satisfecho, el sujeto cada vez busca objetos más extremos tales como las cirugías plásticas, el consumo de tóxicos, el éxito a costa de lo que sea, la moda se asume como una salida del mundo de la tradición, como la negación del pasado.

Así la cuestión, se hace cada vez más complicado sublimar[28], es decir, ofrecerse la oportunidad de darle un  viraje a la pulsión hacia la satisfacción en las artes, la lectura, la escritura, la investigación, en palabras de Freud “La sublimación es un proceso que atañe a la libido de objeto y consiste en que la pulsión se lanza a otra meta, distante de la satisfacción sexual; el acento recae entonces en la desviación respecto de lo sexual”[29].

 

Además de las dificultades para sublimar, se observa que el sujeto crea sus fantasmas-fantasías en torno a la tenencia del objeto, vale resaltar, que el concepto de fantasmas-fantasía es creado por Freud para sustituir, en la teoría del deseo, la teoría de la seducción; la fantasía incluye el fantasma que no es otra cosa que la representación de sí mismo; por su lado Lacan considera que el ser humano crea el fantasma ante la aparición de la verdad (la castración), con el fantasma se pone un velo a la falta, lo que crea el espejismo de la complementariedad.

 

Así las cosas tanto el fantasma como la sublimación, regularmente, no solo dan satisfacción propia, también permiten que otras personas participen de este goce, cuando esto falla no es posible representar la cadena significante del sujeto, lo que permite el automatismo de la repetición que busca continuamente llenar el vacío, sostener la identidad, perfectamente el sujeto puede optar por la religión, las cirugías, el poder, finalmente surge la angustia, la imposibilidad de dominar la excitación, esta efusión inunda el yo y lleva a la emergencia de síntomas biológicos y/o mentales tales como el consumismo, que es considerado una patología del desvalimiento, del vacío.

Pero ¿cómo surge el vacío? Carl Gustav Jung sostiene que el mundo emerge a partir de la madre, pero para ello es indispensable matarla, separarse de ella, lo que permite apartarse del goce de la cosa, simbolizar, sublimar el deseo libidinal por la madre, esta es eliminada toda vez que surge el padre, no el padre real, Jung lo describe más bien como un arquetipo (expresión utilizada por Jung para señalar las imágenes originarias constitutivas del “inconsciente colectivo”[30]) cuya importante función se centra en prohibir el deseo libidinal hacia la madre, es decir, el padre cumple una función simbólica, en este sentido Jung asegura que “el padre representa el mundo de los mandamientos y prohibiciones morales, es el representante del espíri­tu que se opone a la instintividad”[31].

Por su lado, Jacques Lacan sugiere que el padre es indispensable para desligar al niño como falo de la madre, lo que permitirá la entrada de la ley simbólica del padre, este proceso es llamado por Lacan como metáfora paterna, momento en que culmina el Complejo de Edipo, surge la represión originaria y emerge el inconsciente; es así como, a través de la metáfora paterna, el pequeño accede a la dimensión simbólica, que se traduce en la simbolización de la ley; de esta forma el sujeto logra el dominio sobre el objeto perdido, sobre su ausencia y el saber que ya no es el objeto de deseo de la madre, lo que conduce al niño a trasladar el deseo hacia otros objetos en búsqueda del objeto perdido; búsqueda que hace durante toda la vida, en relación a esto Lacan comenta “la cosa debe perderse para ser representada”[32].

En contravía a lo anterior, Zygmunt Bauman asegura que a este sistema económico no puede atribuírsele la abolición de la autoridad, su contribución radica en su disgregación, es el surgimiento de diversas autoridades, todas deseosas de ser agradables, la existencia de autoridades, en plural, lleva a la anulación recíproca, esta es la explicación a la necesidad de que, actualmente, la (s) autoridad (es) sea agradable, tentadora, seductora, así las posibilidades se multiplican, son tantas que el individuo se ve en la imposibilidad de abordarlas todas, lo que lo obliga a establecer prioridades y por tanto a desechar oportunidades.

 

No hay quien establezca límites, desaparece aquella imagen que tenía por tarea acompañar al momento de diferenciar lo bueno de lo malo; no es posible reconocer un acto correcto de uno incorrecto, se vive en incertidumbre, esto sumado a la satisfacción parcial de un deseo, en relación a esto, Dice Luis Hornstein : “El papel decisivo del ambiente precoz aparece como constante en las patologías del desvalimiento. Si el narcisismo ocupa el primer plano de la escena, lo hace menos como amor que como dolor de sí mismo. El vacío del yo es más consistente que sus logros. En su ausencia, los objetos no pudieron construir los objetos transicionales, que son y no son el pecho. Su lugar, que debió ser ocupado por el lenguaje, la simbolización, la creatividad, se verá invadido por las somatizaciones, las actuaciones o por la depresión vacía. Predominó en los objetos primordiales la indiferencia o el displacer hacia el bebé. Las fallas de recursos del yo remiten a fallas del objeto”[33]; en síntesis, cuando el objeto que cumple las veces de sostén del psiquismo, es insuficiente, se genera el vacío.

 

Esta realidad, puede desembocar en ansiedad continua; el individuo decide rendirse frente a la victoria de la irresponsabilidad, ya no media la palabra, ni el deseo, ni el cuerpo para obtener el objeto, es un pasaje al acto que acarrea la ruptura de la cadena simbólica, la disolución del lazo social; lo que conduce a escabullirse del otro, otro que es observado como perseguidor, intrusivo, donde el sujeto es considerado migaja y donde el individuo, a través del consumo, busca sin obtenerlo, el objeto perdido.

 

APORTES DEL PSICOANALISIS AL CONSUMISMO COMO SÍNTOMA CONTEMPORÁNEO

La palabra psicoanálisis tiene origen griego, está formada por las palabras psykhé que significa alma o mente y análysis entendida como examen o estudio; como es bien sabido y ampliamente descrito, Sigmun Freud ha sido su creador y lo define como:

  1. El nombre de un procedimiento para indagar procesos anímicos no accesibles por otras vías;
  2. Un método de tratamiento de perturbaciones neuróticas basado en esa indagación, y
  3. Un conjunto de intelecciones que fundaron una nueva disciplina. [34]

 

Por su parte, Isidoro Berenstein la concibe como un acto clínico en el que pueden verse involucrados, desde la individualidad, tanto adultos como niños a quienes habitualmente se les llama “pacientes individuales”[35], además determina que esta ciencia no solo se centra en lo clínico, los aspectos teóricos también están involucrados, creándose, a partir de ellos, una teoría a la que se le ha llamado “metapsicología”.

 

Asegura también este pensador, que desde los años cuarenta se aplicó el conocimiento psicoanalítico  a colectivos: grupos, familias y parejas, a estos últimos se les llama regularmente “pacientes vinculares”.

El mismo Berenstein considera que durante la práctica psicoanalítica se hacen dos tipos de aclaraciones:

 

  • La que se obtienen a través de lo que expresa el analizante, lo que permite generalizar, tal como lo hizo Freud, en su momento con la histeria, y

 

  • Las que permiten teorizar y que fueron llamadas, por Freud, especulares.

 

la teoría psicoanalítica tuvo su inicio después de que Freud asistiera a diversas experiencias de tratamiento adelantadas por Jean Martín Charcot en el hospital Salpétriére de París; sin olvidar a Joseph Breuer quien fue otro estudioso que junto con el creador del psicoanálisis, aportó algunos fundamentos a dicha teoría, más adelante serían sus seguidores Wilhelm Reich, Melanie Klein, Wilfred Bion Jaques Lacan y muchos otros que con el paso del tiempo han hecho valiosas contribuciones a esta ciencia.

 

El psicoanálisis, que también ha sido llamado “clínica de la palabra”, ha permitido que muchas personas evidencien la importancia de hacer cambios fundamentales en su vida, que redundan en el afrontamiento de las exigencias sociales.

 

Esta ciencia se constituye en un espacio en el que es posible trabajar en torno al significante, donde el sujeto cuenta con la posibilidad de reconocer su saber más íntimo, el saber del inconsciente, abordar el inconsciente permite criticar los saberes previos, ofreciendo la posibilidad de asumir el propio devenir, des-cubriéndose como sujeto de deseo, con huellas dejadas por la castración, que asume responsablemente sus acciones, sus decisiones y que no solo cuenta con herramientas que le permitan enfrentarse a los retos propios de la vida, sino que también está en disposición de buscar ayuda toda vez que dichas herramientas no sean suficientes.

 

En relación al significante, es importante anotar que este término fue introducido por Saussure en su Teoría Estructural de la Lengua, y fue utilizado por Jacques Lacan, como un punto central en el pensamiento psicoanalítico ya que para este pensador el inconsciente está estructurado como un lenguaje, desde el punto de vista lingüístico se considera que el significado es el contenido del significante, el significante es el que designa algo; para Lacan significante es tal, cuando ha sido inscrito en el orden simbólico, para este psicoanalista el pensar está constituido por significantes que regularmente cambian de significado. En consonancia con el consumismo se considera que el significante que lleva a este acto debe desaparecer y ser sustituido por aquel que ha sido rechazado y por tanto conduce al síntoma.

 

En psicoanálisis, el síntoma fue estudiado inicialmente por Freud quien intentó explicar su etiología a través de la teoría traumática, creada con Breuer; dicha teoría determina que los síntomas histéricos son producto de situaciones traumáticas que no pudieron ser “descargadas” al momento de presentarse tal situación, lo que más adelante se representaría a través de un síntoma.

 

Para Freud la sexualidad jugaba un papel protagónico como causa de las neurosis; según este psicoanalista, las neuropsicosis son el resultado de una defensa frente a situaciones que despiertan un afecto penoso, que proviene del terreno de la sexualidad (trauma) y que no es aceptado por el YO del sujeto, quien, en su defensa, rechaza el conocimiento del suceso traumático, pero no logra borrar la impronta que deja el acto traumático a nivel psíquico, ni el afecto asociado a dicha huella, lo que el YO hace entonces es disociar la huella mnémica del afecto.

 

En estudios posteriores Freud sustituye el término defensa por el de represión a la que le adjudica la existencia del inconsciente; la represión cumple su tarea toda vez que el fenómeno, que para el creador del psicoanálisis, siempre será una experiencia sexual infantil, causa dolor percibido conscientemente, de donde es rechazado, ocupando entonces el terreno de lo inconsciente.

 

Freud sostiene que durante el acceso a las vivencias que ocasionaron los síntomas se interponen las fantasías o falseamientos de recuerdos, creándose aquí el concepto de realidad psíquica, considerada esta como una realidad subjetiva, que “tiene exactamente el mismo efecto patógeno que en un principio Freud atribuía a las reminiscencias.”[36] Frente al des-cubrimiento de las fantasías se abre el cuestionamiento en relación a los insumos que puede utilizar un infante para crearlas ante la inexistencia de un adulto abusador, es así como Freud llega al concepto de pulsión, definiéndola como una fuerza constante que actúa todo el tiempo, por lo tanto,  parte desde el interior del organismo.

 

Freud definió el síntoma en dos vías: la del sentido y la del goce, la primera consiste en definir el síntoma como un mensaje cifrado, portador de un sentido que puede ser descifrado por la interpretación; la otra vía, la del goce, define el síntoma como un modo de satisfacción, satisfacción en el displacer; con esta evidencia la clínica psicoanalítica justifica que el sujeto sabe más de lo que dice pero no lo sabe

 

En el afán del YO de producir defensas contra impulsos sexuales, genera síntomas como una satisfacción que sustituye dichos impulsos; en la conferencia “angustia y vida pulsional” Freud articula el castigo al masoquismo, lo que se constituye, en palabras de Freud, “en el peor enemigo de nuestro empeño terapéutico. Se satisface con el padecimiento que la neurosis conlleva, y por eso se aferra a la condición de enfermo.  Al parecer, este factor, la necesidad inconsciente de castigo, interviene en toda contracción de neurosis.  Acerca de esto, producen cabal convicción los casos en que el padecimiento neurótico admite ser relevado por uno de otra índole”[37].

 

Retomando al síntoma se puede decir, que la pretensión del  psicoanálisis no es erradicarlo, al contrario, este debe ser utilizado para encontrar la cura; para hallar dicho síntoma es indispensable la palabra del analizante y la escucha del analista, esta auscultación no puede concebirse como asistencial, en ningún momento el analista proveerá de consejos, lo que se pretende aquí es que el sujeto reconozca su  implicación en la queja  y logre la regulación del empuje del goce; así entonces, lo que se busca con esta ciencia es que cada cual invente su solución, sin olvidar su historia, sus condicionantes, su identidad, su síntoma.

 

Para desvelar el significante y por tanto el síntoma, es necesaria la escucha; en concordancia, el psicoanálisis propone la escucha dirigida desde la atención flotante, técnica descrita por Freud, en la que el analista bloquea, tanto como sea posible, aquello que desvía su atención, “A partir de Freud, esta regla permite al analista descubrir las conexiones inconscientes en el discurso del paciente. Mediante ella el analista puede conservar en su memoria multitud de elementos aparentemente insignificantes, cuyas correlaciones sólo más tarde se pondrán de manifiesto”.[38]  El psicoanálisis se centra entonces en acompañar al sujeto en la búsqueda de su propia solución, haciendo uso de la libre asociación, en dicho acto, se incita a este a  verbalizar todo lo que viene a su mente independiente de que crea que aquello no es coherente, es impúdico o no tiene importancia.

 

En esta interrelación tanto analista como analizante se involucran en un discurso cuyo objetivo final es el descubrimiento y manejo del síntoma; dicha implicación es nombrada como transferencia – contratransferencia, situación bastante difícil de alcanzar y que requiere de cierto tiempo.

 

Un artículo, “El sujeto y el objeto de la contratransferencia”, inicia considerando el fraccionamiento de la palabra contra-transferencia, deduciendo que es posible que esta palabra se esté usando en contravía a lo esperado por Sigmund Freud  “cuando Freud se refiere a la Gegenübertragung en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. Esta traducción deja de lado el carácter de reacción, para evocar más aquello que “está enfrente, del otro lado”[39].

 

El creador del psicoanálisis escribió dos textos en referencia a este tema, en uno de ellos “Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica” , ratifica la implicación del analista durante la relación terapéutica y la importancia de que, debido a esta implicación, el analista sea analizado, durante todo el tiempo que esté involucrado en este ejercicio, aclara que el paciente llegará hasta donde las resistencias del analista lo permitan, así las cosas la contra-transferencia es tomada como un factor importante que permitirá o limitará la cura del analizante, de esta manera se puede anotar que “existen para Freud un sujeto-paciente que transfiere y un analista que es objeto de dicha transferencia. La contratransferencia creada por el sujeto-paciente en el objeto-analista, no será incluida en la sesión, sino que deberá ser escuchada por un tercero externo (análisis didáctico) a esa situación analítica”[40].

 

Isidoro Berenstein, asegura, en relación a la contra-transferencia, que esta es una respuesta a la transferencia del paciente, además que se establece por lo inconsciente del paciente, frente al cual el analista repica, con el objetivo de devolverle lo que considera el analista le pertenece al analizante

 

En relación a la transferencia, se considera que la repetición transferencial da cuenta del vínculo que se ha establecido entre analista y analizante, no es posible pensar que, al momento de la “atención flotante”, el analista deba dejar de lado su Yo, por el contrario, en la medida en que cada sujeto se desenvuelva como tal, será posible  instituir la transferencia, sin embargo el analista debe estar atento a poner barreras y examinar los efectos que irremediablemente enfrenta el narcicismo de ambos actores

 

Además en el diccionario de psicoanálisis de Laplanche,  la transferencia es señalada como la actualización de los deseos del paciente durante el acto analítico, es entendida como la repetición de prototipos infantiles; Freud determina que lo que señala la trasferencia es la relación del sujeto con modelos parentales; por otro lado, es de anotar que “Freud distingue dos transferencias: una positiva, otra negativa, una transferencia de sentimientos de ternura y otra de sentimientos hostiles”[41].

 

Así pues se considera la transferencia-contratransferencia como un elemento que permite comprender mejor el síntoma y sus orígenes, en este sentido es indudable que la relación, que se establece en doble vía entre el analista y el analizante, bien puede acelerar o detener el ejercicio analítico.

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Regularmente el sujeto llega al analista demandando felicidad, éste último no la niega ni la ratifica, ya que dicha percepción puede utilizarse como vehículo para lograr la transferencia, sin embargo, esta ciencia tiene ciertas reticencias frente al concepto popular de felicidad, el mismo Freud aseguró “el plan de la «Creación» no incluye el propósito de que el hombre sea «feliz»”[42].  El sujeto que demanda análisis, está preso de sí, de su síntoma, de la cultura, no es posible erradicar alguno de estos aspectos, es más, estos son los que lo constituyen, los que lo hacen ser.

Por supuesto, el análisis tendrá altos y bajos, momentos en los que el analizante, a causa de la resistencia, deseará no regresar,  días en los que percibe que no hay adelantos, que no tiene idea de lo que dirá, sin embargo muchos se permiten la experiencia de una nueva sesión, en este sentido, no se plantea el psicoanálisis como una  tarea fácil, en absoluto, se trata de un asunto que requiere de todo el goce, sabiendo que este está íntimamente ligado al dolor.

En toda relación sujeto-sujeto se suscitan dificultades que pueden llevar al fracaso vincular, el psicoanálisis no está exento de esto, y ha llamado a ello, resistencia, Freud describió cinco tipos de resistencias:

  • “La represión contra la acción de las pulsiones
  • La resistencia de transferencia, derivada de la primera, pero vigente en la situación analítica
  • El beneficio secundario o la oposición a abandonar la satisfacción sustitutiva del síntoma, integrado a veces al propio YO
  • La resistencia del ello y de lo inconsciente, vinculada a la compulsión de la repetición y expresada como reacción terapéutica negativa
  • La resistencia del súper YO referida a la culpa inconsciente y a la necesidad de castigo, aunque no sentido como tal sino a través de la enfermedad”[43]

Sin embargo Isidoro Berenstein asegura que, producto de la relación vincular existe una sexta resistencia, cual es aquella, que se opone a los cambios logrados durante la acción de un vínculo significativo.

A pesar de la o las resistencias que puedan presentarse durante el análisis, es importante registrar que el psicoanalista puede operar de tal manera, durante cada sesión, que incluso podrá aprovechar la resistencia como un fenómeno que puede hacer aportes al re-conocimiento tanto del analista como del paciente.

 

Es así como el analista invita a la persona a analizar, a que deseche los  pensamientos racionales, que no elabore las frases, más bien que deje fluir, tal como llegan a su mente las palabras, dejando que estas se asocien libremente;  la asociación libre se constituye en un importante aspecto durante la sesión psicoanalítica, entendida como un “Método que consiste en expresar sin discriminación todos los pensamientos que vienen a la mente, ya sea a partir de un elemento dado (palabra, número, imagen de un sueño, representación cualquiera), ya sea de forma espontánea”[44].

 

Es sabido por los psicoanalistas que durante la asociación libre, bien puede surgir la repetición, Freud entiende este evento como un acto realizado en el ahora,  que corresponde a un acaecimiento sucedido, del que  el sujeto no tiene memoria; es la rememoración del pasado en búsqueda de lo real; en este sentido, la repetición ha sido entendida en psicoanálisis como aquel acto que busca alcanzar “el objeto perdido” cuestión que nunca se logra, y que finalmente,  lo que permite es obtener objetos sustitutivos que ofrecen placer momentáneo, así la cuestión, se plantea que  “La compulsión de repetición se estructura en torno a una pérdida, en cuanto lo que se repite no coincide con lo que la repetición repite.”[45]; en relación a esto se puede pensar que el acto de repetición, durante la asociación libre, permite al analista dar pasos hacia el desvelamiento del síntoma.

 

Por su lado, Jaques Lacan divide la repetición en tres momentos:

  1. En relación al sujeto: en su primera tesis Lacan dice que al hablar de repetición se está hablando de inconsciente.

 

  1. En relación a lo real y a la pérdida de goce: Considera Lacan que la transferencia llevará a la repetición, aquí Lacan asegura que la repetición es un encuentro fallido con la realidad, es la repetición de lo que nunca se encontrará (lo real), es como estar siempre en la primera vez. Es de aclarar que, posteriormente Lacan separa repetición de transferencia.

 

  1. En relación al goce como producción: Lacan enlaza repetición y goce, lo que antes se asumía como pérdida del goce, ahora se mira como la recuperación de este. Aquí Lacan asegura que el goce necesita la repetición.

Se puede aseverar entonces, que el consumismo no es más que un acto de repetición,  toda vez que el sujeto continuamente, lo realiza intentando colmar un vacío que jamás se llenará, en este sentido, una de las tareas del analista, será dilucidar el valor de signo que el analizante le da al objeto adquirido, he intentar esclarecer la causa oculta que lleva a que el paciente se manifieste a través del acto de consumir compulsivamente.

Por otro lado, durante el suceso psicoanalítico, en el cual, como ya se dijo, el analista usa la técnica de la atención flotante, en tanto el paciente asocia libremente sus pensamientos, pueden surgir actos o palabras inesperadas, no pensadas,  que han sido exhibidas sin mediar con la voluntad del paciente; a dichos actos o palabras Freud les llamó formaciones del inconsciente, para dar cuenta de sucesos y/o fantasías que han sido reprimidas y por tanto se encuentran en el inconsciente, dichas formaciones tienen por tarea disfrazar o desfigurar el suceso o la fantasía de tal forma que pueda pasar al consciente, algunas formaciones del inconsciente son los sueños, los actos fallidos, los lapsus, los sueños, el síntoma; para el psicoanálisis estas manifestaciones son importantes toda vez que su interpretación da cuenta de los conflictos en el aparato psíquico del paciente, lo que podría conducir al re-conocimiento profundo del inconsciente. .

 

Se establece entonces, en el psicoanálisis,  la asociación libre como un acto, como se dijo anteriormente, en el que las palabras, las frases vuelan sin dirección aparente, de esta forma el analista y el analizante podrán, cada uno por su lado, o en conjunto, o solo el analista, determinar hilos, mejor llamados cadenas asociativas, que conducen, regularmente a “puntos nodales”[46] que poco a poco podrían dar respuesta a la queja del paciente.

 

De esta manera se concibe el psicoanálisis como un importante instrumento, en el que el abordaje uno a uno permite el acercamiento a la subjetividad, buscando la regulación del goce; así, se considera que esta ciencia podría hacer valiosos aportes al asunto del consumismo, visto, como una enfermedad contemporánea que afecta a gran número de sujetos que como la palabra lo dice, están sujetos al goce, goce que se presenta bajo la forma de síntoma, el cual se constituye en el eje del padecimiento, es tanto la enfermedad como la cura; una vez el síntoma sea dilucidado será posible alcanzar la tan anhelada cura, cuestión que no pasa por el alcance de la felicidad ni la restitución de la verdad, más bien por el entendimiento del malestar; por la elaboración del propio deseo, que ha sido madurado durante el análisis.

CONCLUSIONES Y PROSPECTIVA

El consumismo ha sido examinado por diferentes estudiosos, muchos de ellos han determinado que este asunto se constituye en una marca importante de nuestra época, que se fue gestando a partir de la aparición del capitalismo, para algunos autores el consumismo se ha constituido en la huella que da cuenta de la decadencia del ser humano y por tanto de las relaciones sociales.

Sin embargo, para otros como Nestor García Canclini, el fenómeno aquí estudiado es un hecho que ha permitido pensarse otras formas de ciudadanía, lo que ha desembocado en un espacio público que ha rebasado el ámbito político tradicional; además considera que el consumismo es un factor importante en la construcción de identidades “transterritoriales y multilinguisticas”

Por su lado, el psicoanálisis muestra inquietud, frente a aquellos sujetos que han acogido el consumismo como opción para negar la falta, ya que estas personas, regularmente devienen seres cínicos, cuya menor perturbación es la alteridad; a razón de esto, numerosos psicoanalistas presentan sus propuestas, que en realidad es la misma: devenir la vida con responsabilidad, reconociéndose como sujeto que transita, durante toda su vida, por el deseo y que está marcado por la castración.

Sin embargo, es necesario continuar en la búsqueda de nuevas prácticas de compra-venta de felicidad, y conjuntamente, persistir en la disertación uno a uno propuesta por el psicoanálisis, que, lejos de eliminar el síntoma, puede encaminarse hacia la cura.

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[1] Berenstein I, 2004 p31

[2] Laplanche  J, Pontalis J. 2004, p416

[3] http://biblioteca.itam.mx/estudios/estudio/letras22/textos4/sec_2.html

[4] Lipovetsky P. 2000, Pag 7,

[5]  Bauman, Z. 2004, . p 54

[6] Bauman, Z. 2004 p 78

[7] http://es.wikipedia.org/wiki/Epicure%C3%ADsmo

[8] Sinatra. E. s.f

[9] Arendt  H 2011 Pag 124.

[10] Baudrillard 2009, P. 55.

[11] Garcia Canclini 1995, P. 42.

[12] García Canclini 1995, P. 52.

[13] Sinatra, E. s.f

[14] Bauman Z.  2004.

 

[15] Boudellard, 2009, p 180

[16] Boudellar, 2009, p 182

[17] Berenguer. E.   s.f.

[18] Sinatra, E. s.f

[19] se hace necesario aclarar que la autora de este documento en ningún momento  considera que la mujer, ante la salida a laborar, sea la causante de los malestares por los que actualmente pasa la familia.

[20] Técnica creada por el Dr. Gunther von Hagens que permite la conservación de órganos reales, sustituyendo el agua corporal por acetona y ésta por un polímero, es decir, una solución de sustancia plástica endurecible que evita la putrefacción y viabiliza la manipulación del material, cuidando la forma. Esto facilita que el cuerpo adquiera posturas que se asemejan a las vitales, en una vitalidad inmortal, mediante la cadaverización del movimiento. Tomado de : http://www.aesthethika.org/Dos-Tratamientos-Hipermodernos

[21] Marx, K 1867.

[22] Feinmann, J., 1998 p1

[23] Tomado de algunos anuncios que se observan en mi país

[24] Berenguer, E.   s.f

[25] Freud, S.  1975 p1

[26] Berenguer, E   s.f.

[27] Sinatra, E. s.f

[28] Se aclara que la sublimación se observa en este documento, desde la lógica de Sigmund Freud, quien asegura que esta es uno de los cuatro destinos de la pulsión. Freud S 1915 p105

[29] Strachey. J.  p107

[30] http://es.wikipedia.org

[31] Jung, C. 2002. p49

[32] Door J.  1986

 

[33] Hornstein L. Articulo  publicado en la pag. Web de la UCES

[34] Freud, 1923 p 229

[35] Berenstein, I. 2004,  p 21

[36] Serra, M., 2004

[37] Freud, S. 1933, p 100

[38] Laplanc J, Pontalis J. 2004 p37

[39] Schroeder.  D, 2000.

[40] Schroeder.  D, 2000

[41] Laplanche  J, Pontalis J. 2004, p439

[42] Freud, S, 1930, p9

[43] Berenstein, I. 2004 p40

[44] Laplanc J, Pontalis J. 2004, p35

[45] http://www.tuanalista.com/Diccionario-Psicoanalisis)

[46] Laplanc J, Pontalis J. p 35 (2004)